Maestros y ultraderecha

Luis Hernández Navarro, 16 de junio de 2026

Es el banderazo de salida  para el inicio de clases de la semana. Es un momento solemne. A primera hora de los lunes de curso escolar, los maestros de prescolar y educación básica (aunque no sólo ellos) de todo el país organizan la ceremonia de Honores a la Bandera.

En el acto cívico, toda la escuela se reúne. Los alumnos permanecen en posición de firmes, con la cabeza descubierta y la mano derecha extendida sobre el pecho a la altura del corazón. Entonan el Himno Nacional. La escolta con la bandera avanza. En algunas escuelas, un estudiante realiza el juramento de lealtad, que debe saber de memoria y se repasan acontecimientos históricos. El lábaro patrio regresa a su nicho.

La ceremonia es un símbolo de identidad nacional, de respeto a la patria, de herencia cívica. Ser parte de la escolta de seis integrantes es un honor. Con frecuencia, se integra con los mejores estudiantes, que deben ensayar para que todo salga bien. Quien enseña a los niños los valores patrios no son funcionarios públicos o representantes por elección popular, ni miembros de algún partido político, ni profesionistas, ni influencers. Son maestros de banquillo y directores de escuela. Lo hacen semanalmente cada lunes, y en fechas especiales, a lo largo de toda su vida profesional.

Los foros, congresos y eventos relevantes que organiza la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) comienzan, también, rindiendo Honores a la Bandera. La escolta de alguna escuela marcha con el lábaro patrio. En ocasiones, participa una banda de guerra.

En los 10 o 15 minutos que dura la ceremonia, muchas escuelas en las que tiene presencia la Coordinadora, se utiliza el Calendario Cívico Escolar, escrito por Enrique Ávila Carrillo y Efraín Gracida Camacho, en el que se recuerdan fechas conmemorativas, efemérides nacionales y acontecimientos históricos olvidadas y se homenajea a los mártires del 2 de octubre, a los normalistas rurales desaparecidos de Ayotzinapa o se habla de Palestina y Cuba. En algunas regiones, se editan almanaques que cumplen la misma función.

Los escueleros democráticos llevan ese amor a la patria tatuado en la piel. Se lo transmiten celosamente a sus estudiantes. Lo acompañan de la enseñanza de la historia. En sus cursos, entre otros más, dos son los personajes que emblematizan la traición a la patria: Antonio López de Santa Ana y Porfirio Díaz. El mismo Enrique Ávila escribió un libro, que es una especie de manual de la disidencia, y que sirve para estas ceremonias, titulado Santa Ana y Peña Nieto. El despojo de una nación.

Obviamente, quienes trabajan y viven con esas convicciones, están en la primera línea de defensa de los intereses nacionales. No hay sector social más antimperialista que el magisterio democrático. El antimperialismo es parte de su ADN, de su cultura cívica desde que son estudiantes normalistas. Véase, por ejemplo, sus manifiestos y actos en solidaridad con Palestina y Cuba, y en contra de la agresión a Venezuela. Acusarlos de servir a Donald Trump, a Washington o de estar instrumentalizados por la CIA, por luchar por una jubilación digna y por abrogar un régimen laboral de excepción, no sólo es una falsedad terraplanista, sino una lacerante ofensa.

De la misma manera, si en nuestro país hay una fuerza político-gremial claramente diferenciada y confrontada con la ultraderecha, el protofascismo, los caciques y el neoliberalismo, es la CNTE. No es la única, pero sí persistente. Y lo es, no de palabra, sino en los hechos. Basta revisar sus documentos centrales, sus tomas de posición públicas, sus movilizaciones y sus consignas en las marchas para constatarlo. Por eso se oponen al capitalismo de las Afore y de los grandes Fondos de Inversión y a los charros sindicales del SNTE.

Más absurdo aún, es asociarlos con Ricardo Salinas Pliego, quien, desde sus televisoras y periodistas se ha dedicado a atacar sin pudor alguno a los profesores democráticos. Una y otra vez, la CNTE ha confrontado los intereses que el Tío Richi defiende, y ha denunciado a su Afore Azteca, que controla 25 por ciento de las cuentas, por pauperizar las pensiones y lucrar con los ahorros para el retiro del magisterio.

Desde hace 47 años, su lucha contra la ultraderecha le ha costado muertos, encarcelados, perseguidos, despedidos, sancionados laboralmente e interminables campañas de estigmatización. Sin ir más lejos, en las recientes movilizaciones, el maestro indígena Proceso González, hablante de tu’un savi, perdió un ojo, por una bala de goma disparada en su contra por la policía de la Ciudad de México. Curiosamente, Proceso fue promotor de las campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum.

Los integrantes de la Coordinadora son herederos de los maestros rurales del cardenismo, perseguidos por fanáticos religiosos, hacendados y funcionarios públicos. De ellos, se decía en su tiempo, las mismas cosas que hoy se afirman de los docentes democráticos.

El actual secretario de Educación, Mario Delgado, ha demostrado ser un fiel continuador del titular de la dependencia entre 1941 y 1943, Octavio Véjar Vázquez, quien ordenó derrumbar un muro del edificio central de la SEP, en el que se encontraba la leyenda: “En honor a los maestros rurales caídos por el ideal de la educación socialista”, acompañado de los nombres de los trabajadores de la educación sacrificados por cristeros y latifundistas: maestras violadas, profesores de la educación asesinados, empalados y mutilados.

Acusar al magisterio democrático de estar aliado a la ultraderecha por luchar en las calles y en las aulas a favor de sus legítimas demandas, no sólo ignora una historia de casi medio siglo. Es, simple y llanamente, un agravio.

La CNTE, con sus mecanismos de consulta democráticos y el recambio permanente de sus liderazgos, es parte medular de la izquierda social de este país. Esa que ha logrado, gracias a sus luchas desde abajo y a la izquierda, que México sea hoy un poquito mejor, más justo y democrático de lo que era cuando la Coordinadora se fundó en 1979.

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